Responsables

Siempre estamos desconformes, siempre nos falta algo, como si la necesidad de alcanzar ese algo, sea lo que nos mueve, lo que nos mantiene en activo, luchando, esforzándonos. Eso está bien, pero, no somos capaces de apreciar lo que tenemos, lo que hemos conseguido. Siempre sigue faltándote algo. La vida nunca es fácil, y si es fácil, algo no estás haciendo bien.

Nos enseñan que todo estará mejor cuando consigas trabajo estable, lo conseguimos y seguimos incompletos, todo estará mejor cuando tengas una pareja estable, ok, lo tenemos y algo sigue faltando. Todo será más estable cuando se vayan a vivir juntos, así lo hacen y sigue faltando algo… Entonces, tienen hijos y forman una familia, que hará tambalear esa estabilidad, como una pequeña barquita hinchable con mar de fondo.

Llegan los hijos. Hay más facturas que pagar, estrés, carencias, falta de tiempo, el sexo y momentos de pareja, menguan con tanta rapidez que ya son casi inexistentes. Visitas más al pediatra que, la zona sur del cuerpo de tu pareja, así como los besos o las muestras de cariño qué, no florecen hace tiempo, dejando marchitar tu cuerpo, tu deseo, y tu amor…

Existen intentos por reanimar la pareja, cuando el ser padres ha tiempo completo la ha ido desgastando, claro que sí, muchos intentos, «venga, vamos a cenar los dos solos mañana, dejamos el niño con tu madre…» entre tema y tema, reproche y reproche, la cena se termina volviendo un ring de debate, que no terminará en nada bueno. Los polvos después de las peleas solo pasan en el noviazgo, y en las películas. En la vida real, con hijos y un mismo techo sobre sus cabezas, las peleas terminan con portazos, caras largas y noches a solas en el sillón.

Los niños pelean, los niños reclaman tiempo, los niños necesitan atención, no paran de gritar, romper, llorar, ¡papá!¡mamá! ¡papá!¡mamá! ¡papá!, el perro, el trabajo, la abuela, el vecino… Como no vas a desesperarte… No quiero que pienses que tener hijos es un error, aunque si creo que es un error tenerlos en la pareja. Eso lo explico en mi otro post «Que nada nos separe», lo que quiero hacerte llegar es que, una vez que tienes hijos, la pareja y el resto de tu mundo, pasa a un segundo plano, durante una larga temporada, no es para siempre… pero si por muchos años, y eso debes de saberlo antes de decidir tenerlos. ¿Estás dispuesto a sacrificarte?

Abróchense los cinturones que vienen curvas, pero no de las que nos gustan. No de esas que hace tiempo dejaste de apreciar en el cuerpo de tu pareja, no de esas curvas que; son el veneno más preciado, por los que desean arder en las puertas del infierno. No de esas curvas que; te hacen replantearte algunos pecados capitales. No de esas curvas que; hacen subir la temperatura corporal pero también la ambiental, haciendo así reaccionar vuestros cuerpos, expulsando agua en forma de sudor, en un acto de supervivencia, queriendo apagar ese fuego interno, que les quema, pero les gusta; les gusta ese fuego del que no quieren ser rescatados.

Bueno ¡ya! Apágate, así como se te apagaron las ganas de cambiar pañales cagados, y presta atención:

Tu tiempo ya no te pertenece, ni le pertenece a la pareja. Su nuevo dueño es el enano que tienen en casa. se administrará en nombre de Dios por él; o ellos, qué seguramente seas reincidente, en esto de procrear. Has pasado de apenas dedicarte tiempo a cuidarte, a utilizar ese tiempo para el cuidado y bienestar de tus «cachorros».

«Lo débil nos hace responsables» me costó encontrarle sentido a esta cita tan acertada de la que no recuerdo su autor. Cuando nace nuestro hijo, así como; cuando adoptamos un cachorro, un gatito, algún ser que no se vale por sí mismo, que depende de nosotros para sobrevivir… Automáticamente, nos hacemos responsables de esa criatura. Intentamos por todos los medios que sobreviva, nos preocupa más su vida que la nuestra. Conocemos ahí el miedo a morir, ya no nos arriesgamos tanto, el motivo por el que nos preocupa ahora nuestra salud o mortalidad, es solo porque necesitamos estar vivos y sanos, para poder ocuparnos de que nada le falte a ese ser. Dejamos de lado lo que nos gusta, nos apetece, y queremos nosotros, para anteponer, las necesidades y gustos de la criatura. Tanta es esa la preocupación que, empezamos a pensar en seguros de vida, en meterle dinero en una cuenta, en una hucha, o pensamos en como dejarle la vida resuelta o menos difícil, en nuestro fallecimiento. Tan responsable nos sentimos. Tan poco dejamos de importar nosotros mismos, que nos abandonamos por completo a nosotros y a nuestra pareja.

«Solo nosotros haríamos esto por nuestro hijo», y seguramente sea cierto. No necesariamente porque sea nuestro hijo, sino que se convierte en nuestro hijo por esto, sentimentalmente hablando. Obviamente un gato no es genéticamente tu hijo, por más que lo hayas criado desde que nació y te creas que lo pariste. Este roll, lo puede adoptar cualquier persona sobre un ser indefenso, del que se hace automáticamente responsable y lo intenta sacar para adelante. Puedes sentirte responsable de un hijo que no es tuyo, igual que hay padres y madres que no cogen este roll ,y no harían una mierda por sus propios hijos. Por eso creo qué, más que la sangre, lo que tira es el habernos hecho responsables de el débil.

Recuerdo cuando mi hija la mayor se inició en el deporte. Hacía patinaje artístico desde los 6 años.

No lo hacía nada mal, entrenaba muy duro y a diario, estaba federada y participaba en competiciones cada temporada, durante varios años. Seguro que algunos padres con chiquillos en algún equipo, me entenderá perfectamente.

Recuerdo llevarla a entrenar, con calor extremo, con un frío horrible, incluso lloviendo, embarazada de mi otra hija, con la barriga en la boca, casi a punto de parir, recién parida, siempre estaba ahí. pegándome el trayecto, ma´s la hora y media de entreno cada día, de lunes a viernes, me encontrara bien o mal, la llevaba a que cumpliera con su equipo y con ella misma. Se esforzaba muchísimo, tenía caídas cada vez más duras contra el suelo, que estremecerían a cualquier espectador. Ella se levantaba y seguía patinando, solo se quedaban llorando «las nuevas», ella hacía ya mucho que no mostraba esa debilidad, creo que la llenaba de rabia el solo pensar que, no iba a conseguirlo, ya no perdía tiempo en llorar, se levantaba e iba a por ello más dura que una piedra, volvía a coger velocidad, incluso más que antes, tanta que daba vértigo solo verla venir, escuchaba el ruido de las ruedas a todo lo que daba, parecía que se aproximaba algo muy grande y rápido, de lo que no tendrías escapatoria. Recuerdo su mirada de rabia, como si no fuera a permitir que ese salto pudiera con ella, yo la miraba con un ojo sí y otro no, quería verla pero tenía miedo, sentía cada caída en mis carnes, cada retumbo al caer, me parecían huesos partirse. Aún así, no dejaba de contemplarla para no perderme la escena, como en una película de miedo. Yo apretaba mis dientes y mis puños, como si pudiera enviarle la fuerza para saltar más alto y pudiera completar la figura que le exigían en la competición, no pudiendo evitar encoger mis pies a la vez que pegaba el salto. Vi morados en sus piernas y en sus codos, tan grandes como puños, casi parecían su color natural, sus codos siempre estaban golpeados, tenían un aspecto oscuro e hinchado y ella ni se paraba a decirme «me duele». Todas las medias y mallas de entreno las tenía llenas de agujeros en las rodillas, por más protectores que le pusiera al patín, se golpeaban… eso diferenciaba los patines, de las que se esforzaban y lo daban todo en los entrenos. Los patines no le solían durar más de una temporada, y acababan con el aspecto de tener años de uso.

Recordar esto me ha hecho soltar alguna lágrima, de orgullo y añoranza. No sé si ella es consciente, de la admiración que sentía al verla levantarse, no quejarse, esforzarse día tras día. No sé lo que hice exactamente, pero fui partícipe de ello, fui responsable. Otros niños hubieran preferido quedarse en casa con la maquinita, otros padres también.

¿Cómo no iba a ayudarla a cumplir con semejante esfuerzo?, ¿cómo no iban a ponerse mis pelos de punta, con esa disciplina que veía en ella?, ¿cómo no iba a gastarme más de lo que podía permitirme, en comprarle los mejores patines, las mejores ruedas, la mejor maleta, las mejores medias…? ¿Cómo no hacerlo si para mí, todo ese esfuerzo que hacía cada día la convertía en la mejor, según mis ojos?

¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿decirle, no vayas más que, un día te vas a partir algún hueso? ¿No vayas, que eso es muy duro? ¡Ni de coña! Era una niña, y ni el dolor, ni el miedo la paraban; no la iba a parar yo.

Pasaron unos años y después de una temporada super dura, en la que consiguió unos resultados bastante buenos, tuvo que dejar de ir por mi situación. Yo tenía en el trabajo unos turnos imposibles, no podía llevarla, era pequeña para ir sola en transporte público, pero tenía el nivel de las grandes así que, entrenaba en el ultimo turno, que era tardísimo, y a 15/20 minutos en coche. No podía pedirle ese favor a nadie. ¿Quién la iba a llevar y quedarse a esas horas allí, esperando que termine, al frío y cada día? «lo débil nos hace responsables», a nosotros… No a los demás. Así qué, ahí quedó la faceta de patinadora de mi hija, iba a ser por una temporada corta pero, luego ella no quiso volver, y no es un deporte al que tengan que obligarte, tiene que apasionarte, y ella como que había perdido esa pasión en el parón. No sé si porque, se quemó de tanto entreno, porque perdió la rutina del deporte y optó por el sedentarismo y lo fácil, o porque se hizo consciente del esfuerzo que suponía para mí también. Un esfuerzo que haría con gusto, si volviera esa niña disciplinada, que se esfuerza, y no se rinde. Esa niña, que me hace sentir tanto orgullo y admiración cuando la veo en la pista. tan guapa, disciplinada, valiente y fuerte.

Debemos estar ahí, apoyando a nuestros hijos en las flaquezas, porque eso marcará una diferencia en si abandonan o no. No les cortes las alas, por tu propio miedo.

Me llevaré la culpa siempre conmigo, de que España se halla perdido a una posible gran patinadora. Como tantos otros talentos perdidos a veces por dinero y otras por la poca atención y apoyo de los padres. Los niños abandonan.

Añoro esos tiempos, añoro esa guerrera, y me entristece saber que eso no volverá. Lo que quiero decirte es que, todo ese esfuerzo, ese sacrificio que hacemos por el débil, para que se vuelva fuerte, nos sale natural, y lo extrañarás. Se volverá fuerte y aún así, sentirás la necesidad de querer protegerle, y echarás de menos esos días de pañales cagados, de lloriqueos, de noches en vela, y caca en la piscina. Esos berrinches, ese coñazo de tener que llevarlo a los entrenos, esos fines de semana en jornadas deportivas, esas caras al abrir un regalo que tanto ansiaban por tener, esas caras de alegría cuando vuelves a casa, esas lágrimas de cansancio, de derrota, esas lágrimas de alegría, de satisfacción en el podio, todo lo extrañarás. Disfrútalo, porque pasará y esos pequeñines que te necesitaban para sobrevivir, crecerán, se harán fuertes, y no volverán a ser los mismo nunca más. Eso se lo deben, al que se hizo responsable.

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